sábado, 12 de junio de 2010

MIRELLA LATORRE, UNA GRAN MUJER, UNA GRAN AMIGA

Me he tragado la pena de las primeras horas cuando llegó la noticia de su fallecimiento. Pero reaparece, porque esa pena es parte del equipaje de los que confiesan sus sentimientos cuando éstos alcanzan la estatura de una gran mujer, de una gran amiga, hija de uno de los grandes de la literatura chilena.

Actríz de radioteatro, locutora radial, con quien compartí reportajes inesperados como el encuentro de Frei Montalva con el presidente argentino Arturo Illia en Mendoza, donde metidos en la comitiva automotriz, narraba lo que gritaba la gente y comentaba los temas que los mandatarios iban a tratar, Más adelante, los Granaderos parecian sentirse incómodos con esa camioneta de Radio Minería, guiada por el técnico de la emisora, Raúl Fuentes, un enamorado de ese tipo de trasmisiones que rompían la rutina de los discos con boleros tristes o tangos de la vida real.

Mirella estaba sorprendida en su programa diario de las l0 de la mañana y me preguntaba:

- ¡Y cómo te metiste en esa cola, por Dios. Que no se vayan a enojar y provoques un conflicto diplomático!

Nadie se molesto´y Mirella reía con esa soltura de gran dama, y además con todas sus ganas. Lógicamente fuimos amigos de labores, pero antes la escuché en el Gran Teatro de Minería con Emilio Gaete.

Curiosamente, cuando escribí mi único libro con las memorias de un reportero, narré algo: Miraba la callle desde el cuarto piso en Ñuñoa y ví caminar bajo el paragua una dama que se detuvo para dejar pasar a alguien que empujaba todo lo que le impedía arrancar del aguaceros. Ví su piernas, la de la dama, y comenté en mi libro:

¡Qué hermosas piernas¡

Y escribí, ¿No será la Mirella?

La apreciábamos tanto que nunca le dijimos un piropo, porque además éramos colegas y amigos de su primer esposo, Juan Emilio Pacull, jefe de deportes de El Mercurio y fundador y primer Presidente del Círculo de Periodistas.

Su segundo esposo, Augusto Olivares, murió en La Moneda, minutos antes que se suicidara el Presidente Salvador Allende, su gran amigo.

Semanas después de esa mirada y esos recuerdos, debí continuar mi libro y narré que Mirella era la protagonista de la película “Escándalo”. El film comenzaba con una escena en que aparecían dos piernas de una mujer que sostenía un paraguas mientras la lluvia la rodeaba en un pequeño ángulo.

Siempre le hice bromas, sobre todo cuando compartimos el exilio en La Habana donde realizamos un nuevo programa dirigido a Chile. Lo grabábamos en Radia Habana Cuba y lo enviaba a Radio Moscú, a “Escucha Chile” y “Radio Magallanes” que le daban fuerzas a los chilenos bajo la sangrienta dictadura.

Esos programas hacían mucho daño y la casa de Mirella en Santiago fue asaltada y de ella robaron cosas de valor, en particular, lo que ella apreciaba más que nada: recuerdos de su padre.

Suspendí ese programa en Cuba dirigido a Chile, tras unos tres o cuatro meses que estuvo en el aire, por “Escucha Chile”, dirigido por José Miguel Varas quien al retornar a Chile recibió El Premio Nacional de Literatura.

Cuando Mirella retornó a Chile la agasajmos los compañeros de Radio Minería con una comida en el restaurante Capri y también más tarde celebramos su cumpleaños en el Restaurante “Off de Record”, en Bellavista.

No la he ensalzado como se merece porque Margarita y yo asistimos a esos festejos tan merecidos, tan llenos de grandes sentimientos de todos los asistentes a una parte trascendente de la vida de nuestro país. Y, de repente, se va ella, compañera de trabajo, digna, bella y reina en cuatro variantes del oficio de las comunicaciones: Cine, radioteatro, locutora de televisión y actriz de teatro, con un padre excelso y un hijo sin igual que vive en Francia al que visitaba todos los años o él la visitaba en Cuba.

Los que han leido exige de mí alguna excusa por algo que parece ser personal o de vuelo mínimo.

No hay nada que decir, porque Mirella nos hizo llorar por su enterza en el exilio, por su calidad artística en el teatro y el cine, por esa vocación de respeto a los chilenos que ella amó en Chile, lejos en Cuba y en Francia con su hijo cineasta.

Que en el más allá la espere una nueva vida y nos envíe alguna sonrisa para soportar tantas muertes. Los mismos de siempre, ayer y hoy en constante lucha, lo tienen claro y lograrán que cuando nos acordamos de nuestro país, pero de veras, Mirella le mandará a los chilenos una sonrisa y un beso.